La cercanía en el podcast es, para mí, una de las razones por las que este medio sigue teniendo algo especial incluso después de haberse profesionalizado tanto.
Todo parte de una imagen que compartí hace unas semanas y que decía: “El podcast lo inventó mi abuela con tres sillas al fresco y dos vecinas”. Evidentemente era una broma, pero cuanto más la pensaba, más sentido le encontraba.
Colgué esa imagen en mi cuenta de Instagram y puedes visitarla en este enlace: https://www.instagram.com/p/DbsvEpjMC86/
No porque nuestras abuelas estuvieran incrustando archivos MP3 dentro de un feed RSS en 2004, claro, sino porque muchas de las sensaciones que busco cuando escucho un podcast se parecen bastante a esas conversaciones tranquilas de pueblo, de terraza o de portal. Charlas donde una persona cuenta algo, otra escucha, alguien opina y nadie parece estar pendiente de convertir cada frase en un clip viral.
Cuando apareció el podcasting, Internet ya tenía páginas web, foros y las primeras redes sociales, pero todavía faltaba una forma sencilla de publicar ideas habladas con cierta profundidad.
YouTube llegaría después y tardaría bastante en convertirse en lo que conocemos hoy. El audio permitió precisamente eso: grabarse, compartir una conversación, una reflexión o un desahogo y conseguir que otra persona lo escuchara en cualquier lugar y en otro momento.
Por eso cada vez me cuesta más identificarme con determinadas producciones que levantan una barrera entre quien habla y quien escucha. Platós enormes, maquillaje, público, decorados, equipos gigantescos y grabaciones que parecen pensadas más como un rodaje televisivo que como una conversación. No estoy diciendo que producir bien un podcast sea innecesario. Vivo profesionalmente de producir podcasts y sé perfectamente el trabajo que hay detrás de una buena grabación. Pero una cosa es cuidar el producto y otra perder esa sensación de cercanía.
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Esta me acompaña al otro lado del micrófono Izakaya Podcast, un programa para descubrir y comprender mejor Asia y la cultura oriental desde una mirada divulgativa y cercana.
Puedes escucharlo y suscribirte aquí:
https://pod.link/1636396312
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Yo sigo prefiriendo sentir que estoy sentado en la misma mesa que la persona a la que escucho.
Esa compañía que aparece episodio tras episodio es la que consigue que termine suscrito durante años a determinados programas, aunque sus creadores no sepan jamás que estoy al otro lado.
Andrés Becerra lo resumió muy bien en Telegram: una comunicación sencilla y natural, dirigida a otra persona a la que aprecias aunque pueda estar en cualquier lugar del mundo y escucharte en otro momento. Eso no impide editar, limpiar errores o añadir recursos sonoros cuando hacen falta. Simplemente recuerda quién está al otro lado.
Quizá por eso aquella frase de las abuelas me sigue gustando tanto. Puedo tener mejores micrófonos, más experiencia y una producción mucho más cuidada que hace años, pero no quiero perder la sensación de estar charlando con alguien al fresco. Si esa magia desaparece, para mí desaparece también una parte fundamental de lo que hace especial al podcast.
Y precisamente por eso sigo defendiendo que la profesionalización del podcasting debería servir para eliminar fricciones, mejorar el sonido y cuidar la experiencia, no para alejarnos de quien escucha. Si detrás de toda la técnica continúa habiendo una voz que habla de tú a tú, creo que el medio conserva intacta su mejor cualidad.
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La voz que puedes escuchar en la intro del podcast es de Juan Navarro Torelló (PoniendoVoces) y el diseño visual es de Antonio Poveda. La dirección, grabación y locución corre a cargo de Jorge Marín. La sintonía que puedes escuchar en cada capítulo ha sido creada por Jason Show y se titula: 2 Above Zero.
‘Al otro lado del micrófono’ es una creación de EOVE Productora.

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